El periodista y escritor Juan José Téllez  ha escrito  para KCTarifa  el manifiesto que se leyó en el acto de inauguración de la exposición Exodus: Tres miradas a la crisis migratoria en Europa. 

 

El ojo del Exodo

Los fotógrafos son los ojos públicos, como nos enseñó Joe Pesci en una vieja película de Howard Franklin. Sus cámaras impertinentes alumbran las tinieblas del poder, los vericuetos del miedo, el benteveo del crimen o –también—la aparente normalidad de la vida burguesa o la invencible aunque incomprendida alegría de los sin nada.

Bajo sus flashes relativamente reciente, ha ido transcurriendo la historia: besos de tornillo en una calle de París o en Time Square al final de una guerra, milicanos caídos en el frente de Córdoba, hazañas de pilotos, fechorías de tiranos, muros que se levantan o se derriban, estatuas que se erigen o se deponen. La vida sobre la tierra, desde mucho antes que existiera el ser humano, sólo se explica por el movimiento de quienes la habitan. Ni siquiera las montañas que no suelen ir a Mahoma permanecieron siempre en el mismo lugar. ¿Por qué los hombres y mujeres tendrían que obedecer otras reglas? La historia es un largo viaje a través de los siglos, desde que Adán, Eva y Lilith echaron a andar desde el edén.

La búsqueda de la vida llevó a huir de la muerte a hombres y mujeres de todo siglo. Entre Atlántidas hundidas y sudaneses de hoy asesinados ante la mirada impasible de los cascos azules, nos hemos visto correr como liebres, desde el Ponto Euxino de Roma a los campos de sal con que Roma castigó a los israelitas hasta expulsarles de su tierra o los campos de refugiados en que los palestinos tuvieron que acogerse cuando los israelitas volvieron para echarles de su mundo. La palabra éxodo apareció tempranamente en la Biblia pero también está escrita en las playas del Estrecho: allí, desde finales de 1988, un puñado de fotoperiodistas paisanos nos mostraron el retrato robot de otra barbarie, la muerte a mansalva de esos que también son nuestros aunque vengan de la otra orilla del tiempo. Gracias a su lente, compartimos con ellos el amanecer aterido del puerto de Tarifa, sus cadáveres sobre los arrecifes, su desamparo en los CIEs, las facciones del pavor esculpiendo sus rostros y escupiendo su rabia, también, en el uniformado desamparo de las redadas o en las afiladas cumbres de las concertinas.

Conocéis sus nombres. Les habéis visto firmar sus instantáneas hasta ir completando el álbum de la barbarie. Así que podéis comprender perfectamente la mirada con que los fotoperiodistas Juan Carlos Mohr, Isabelle Serro y César López Balan han contemplado la llegada de los desesperados a la isla de Lesbos. No sólo hay técnica, sino escalofrío. No sólo hay profesión, sino ternura.

Es falso que una imagen valga más que mil palabras o que mil palabras valgan más que una imagen. De ahí que no sólo ofrezcan el retrato robot de una tragedia numerosa, sino breves textos ocasionales que nos hablan de muertes masivas, de naves del olvido junto al puerto de Molyvos, las balsas que no cesan y los brazos civiles más que oficiales que aguardan para atenderles. Sus luces y sus voces nos hablan de familias enteras sin sur y sin norte, de carromatos dando tumbos por la carretera sin asfaltar que lleva hasta Skala Skamineas y Molyvos. Mohr, por ejemplo, se detiene en el rostro de un padre al que acaba de retratar y apunta: “A pesar de ir empapado y con su hija en brazos, iba con una gran sonrisa y feliz por haber llegado”.

Van y vienen, aunque a veces no llegan nunca, ni siquiera cuando piensan que lo han hecho. César López Balán, Isabelle Serro y Juan Carlos Mohr han escogido el título de “Exodus” para identificar esta exposición. No es baladí. Es el mismo título que, hace veinte años, escogió para un libro y para una exposición Sebastiao Ribeiro Salgado, fotógrafo de fotógrafos, el que logró capturar la luz sobre un papel, el que llegó a vislumbrar la belleza que se esconde tras el espanto.

A través de su mirada, asistíamos entonces a estampidas temibles, a carnicerías inhumanas, al rastro que va dejando el hambre sobre las huellas de los fugitivos, en un poderoso blanco y negro como si quisiera poner un brazalete de luto sobre nuestra indignación. Se ignora donde sitúa él la frontera entre el oficio y el compromiso, aunque probablemente ambas palabras se diluyan en sus mundos recíprocos. Ese es el mismo espíritu que preside la obra que hoy se expone en Tarifa, en un caleidoscopio que alterna colores y perspectivas, con un mismo denominador, el del grito.

Salgado, el fotoperiodista que creció en un pueblo sin televisores, también estuvo aquí, en aquel periplo, como estuvo en Tijuana al lado de los espaldas mojadas y de los coyotes, en las fronteras sobre las que Donald Trump está levantando ya un muro de nuevos y viejos prejuicios.  El sabía, sin embargo, que en realidad, no es el autor material de esas fotos: «Muchos críticos han dicho que yo fotografío la miseria y la humillación, y esa no es la verdad -aseguró Salgado hace algunos años-. No es el fotógrafo quien realmente captura una imagen. Si eres honesto, tú sabes que es la gente que se coloca frente a tu lente la que te da las fotos. Si tú quieres ser un buen fotógrafo, debes meterte en la cabeza que debes ser noble y digno. Porque, al fin y al cabo, la técnica es sólo una herramienta más. Lo fundamental es la convicción. El control de la luz, el manejo de las lentes, las posibilidades de una cámara, son cosas que se aprenden. Pero de qué te sirve si no tienes sensibilidad».

«Yo no fotografío la miseria sino a la gente que carece de comida y herramientas, y sin embargo luchan con la esperanza de conseguir algo mejor», se explicaba.

Esa es la misma convicción que aúna a Isabelle Serro, a César López Balán y a juan Carlos Mohr. Ellos también creen, con Salgado, que «la vida es tan corta que sería tonto vivirla como si uno pasara de largo». Ninguno de ellos se ha quedado en el balcón para ver huir a los nadie. Y, junto a ellos, nos preguntan qué estamos dispuestos a hacer por nuestra parte.

 

Juan José Téllez